Ponencia PCR Argentina

El Bicentenario del Nacimiento de Carlos Marx

La vigencia del marxismo Carlos Marx fue junto a Federico Engels el creador del socialismo científico conocido popularmente como marxismo, que es el fundamento del comunismo revolucionario enriquecido y desarrollado posteriormente por Lenin, Stalin y Mao Tsetung. Había nacido en Tréveris, al sudoeste de lo que es hoy Alemania, el 5 de mayo de 1818.

Como ninguno de nosotros, Marx no nació ni revolucionario ni comunista, aunque para entonces ya existían movimientos revolucionarios en los que habían germinado ideas avanzadas para esa época. A través de las relaciones de su padre, de familia religiosa judía convertido al protestantismo luterano, en su adolescencia tuvo conocimiento de la situación de los campesinos viticultores del valle del Mosela, en Alemania, y sus relatos sobre las guerras campesinas anteriores en las que emergió el luteranismo. Tras terminar el bachillerato en su ciudad natal fue enviado por su padre a la Universidad de Berlín, donde conoció la filosofía idealista de Hegel, vinculándose en forma militante con los llamados hegelianos de izquierda (Ludwig Feuerbach) que se inclinaban hacia una crítica materialista de la sociedad, planteando la necesidad de unir la lucha teórica con la lucha política, práctica. Allí comenzó su relación con Federico Engels, con quien compartiría su actividad teórica y práctica hasta su muerte, guiado por lo que escribiera en su Tesis sobre Feuerbach Nº 11: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de cambiarlo”.


Desde entonces, su vida y accionar se vinculan a la lucha democrática de ese momento contra el régimen prusiano, que también lo excluyó de la actividad académica, como a tantos otros profesores, incluso los liberales. Así su actividad se centró en el periodismo y en las investigaciones que el mismo requería por su compromiso revolucionario, siendo parte e impulsor de varios periódicos de corta vida, en distintos lugares de Alemania y en el exilio, por la represión que imponían los regímenes imperantes. De este modo participó en los movimientos revolucionarios y levantamientos insurreccionales de mediados del siglo XIX, integrando en Bélgica junto a Engels la organización secreta de la Liga de los Comunistas, que en su II Congreso, realizado en Inglaterra, les confió la redacción del Manifiesto del Partido Comunista, publicado en 1848. En esa obra se expone por primera vez la nueva concepción del mundo, el materialismo consecuente aplicado también al campo de la vida social, la dialéctica como la más completa y profunda doctrina del desarrollo de la historia humana, la teoría de la lucha de clases y del papel revolucionario del proletariado como portador del proyecto histórico mundial de una sociedad sin clases, la sociedad comunista. 

Por su participación teórica y práctica en la lucha revolucionaria de su tiempo, como tantos otros revolucionarios, fue perseguido por todos los gobiernos reaccionarios, y tuvo que vivir emigrado el resto de su vida en Inglaterra, sin poder volver al continente europeo, con las lógicas penurias que eso implicaba. Esto puede apreciarse en la correspondencia entre Marx y Engels. Vivió con muy escasos recursos económicos, junto a su compañera de vida Jenny vonWestphalen, repelida por su familia aristocrática prusiana. Sin la ayuda económica de Engels habría sucumbido bajo el peso de la miseria. . Nunca abandonó su militancia diaria en el estudio y en sus relaciones con la organización secreta de los demás expatriados. Por el contrario, con la tozudez que lo caracterizaban sus convicciones revolucionarias, fue parte activa y fundador junto a Engels de la Asociación Internacional de los Trabajadores, la llamada Primera Internacional. Junto a ello, con la misma perseverancia, se abocó a la crítica de las teorías económicas burguesas descubriendo “también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él”, como señaló Engels en su Discurso ante la tumba de Marx. Así a sus obras anteriores fundantes del materialismo histórico, sumó trabajos como la Contribución a la crítica de la economía política (1859) y El Capital (t. I, 1867) que significaron una profunda revolución en la economía política científica.

Además, las doctrinas y corrientes del socialismo pequeñoburgués y del socialismo no proletario en general, predominantes en aquella época, obligaban a Marx a mantener una lucha incesante y despiadada, y a veces defenderse contra los ataques personales más rabiosos y más absurdos, como resumió Lenin en su escrito Carlos Marx, de 1914.

La vigencia del marxismo en el siglo XXI 

Los sectores más reaccionarios de la burguesía, y sus ideólogos en general, consideran que el punto máximo del desarrollo histórico de la humanidad es el régimen capitalista. Es el famoso “fin de la historia”. Consideran que los planteos de Marx están caducos, confinados en los ámbitos académicos o en círculos de intelectuales trasnochados. Otros intelectuales, destacan aspectos de textos de Marx aislándolos de la actividad revolucionaria teórico y práctica que les dio origen, sino sobre todo de la actualidad de las luchas de clases y nacionales, en esta etapa del capitalismo monopolista, imperialista.

A partir de la gran crisis de sobreproducción internacional que se inició en 2008, se revalorizaron aspectos de la teoría marxista y se volvió a la lectura de Marx, El Capital ha sido uno de los libros más editados, particularmente en Europa, y desde distintas vertientes teóricas e ideológicas se habla del “retorno” de Carlos Marx. En América Latina han provocado un particular daño teorías como la del “Socialismo del siglo 21” que, diciéndose marxistas, o no, ocultan la necesidad de destruir los Estados oligárquico-imperialistas, bajo la dirección del proletariado, para lograr verdaderamente la liberación nacional y social y avanzar hacia el socialismo y el comunismo.

Otra discusión, entre los revolucionarios, es si en nuestros países se puede hablar de “capitalismo dependiente,”, o si es necesaria una revolución agraria, es decir, anti terrateniente, y antiimperialista, como ocurre en la Argentina, desde ya, con la dirección del proletariado.

En el caso de Argentina, afectada todavía por la crisis internacional que se desató en2008, hoy gobierna un poderoso grupo de latifundistas y burgueses intermediarios de distintos imperialismos, liderado por el presidente Macri, con un gabinete de gerentes y altos funcionarios de grandes empresas, bancos y latifundistas. Manejan el gobierno como si fuera uno de sus monopolios o de sus estancias, y le sacan el jugo engordando sus capitales en los negocios que acuerdan con los diferentes grupos imperialistas. Rodeados de “consejeros” y “mandaderos”, solo ellos toman las decisiones. Después de la dictadura, es el gobierno más descaradamente entreguista y reaccionario.

En Argentina se han producido cambios profundos en la disputa entre los distintos monopolios imperialistas, sectores de burguesía intermediaria y grandes terratenientes que constituyen el sector hegemónico del bloque dominante. Son cambios que han profundizado la dependencia, la concentración y la extranjerización de la tierra y la condición como país en disputa entre varias potencias imperialistas. Macri aplica una política de ajuste contra el pueblo y la producción nacional, que profundiza la herencia del gobierno anterior de hambre, pobreza y varios años de recesión. Macri prometió cambiar todo lo que gran parte del pueblo ya no aguantaba. Habló de pobreza cero con trabajo de calidad, acabar con el narcotráfico, unir a los argentinos, bajar la inflación en dos años a menos del 10 %. Anunció una “lluvia” de capitales extranjeros y una “apertura al mundo globalizado” con las que el país iba a crecer y modernizarse. 

Pero a más de 2 años del gobierno de Macri ha sucedido todo lo contrario. El hambre creció brutalmente y en estos últimos meses se agravó la desocupación y la pobreza. En el primer año la inflación fue del 45 %, en el segundo del 25 % y el año 2018 puede terminar por arriba del 30 %. Por la inflación y la pérdida de salario real y el poder adquisitivo de los subsidios a la desocupación se han sumado a la pobreza cerca de 2 millones de personas y parte de ellos son indigentes. Se agravaron las condiciones de vida con millones que no tienen acceso a una vivienda digna, sin agua potable, electricidad o redes de gas, también empeoraron la salud y la educación pública. Con “tarifazos” brutales de aumentos de los servicios de energía, agua, gas y transporte que aumentan la carestía de la vida los ingresos de los sectores populares no le permiten cubrir la Canasta Básica Total. La apertura de la economía a las importaciones destruye ramas importantes de la producción interna.

El gobierno no pudo sacar al pueblo de las calles y ya se concretaron una Marcha Federal y el tercer paro general del movimiento obrero ocupado, desocupados y jubilados. Un fenómeno de enorme significación ha sido el fortalecimiento de las organizaciones sociales y políticas de desocupados y precarizados y de originarios y campesinos pobres y medios, que movilizaron en reiteradas ocasiones a millones de ellos. También es importante el avance de la organización del movimiento de mujeres. El Partido Comunista Revolucionario trabaja para que todas las formas de lucha acumulen fuerzas en un frente popular y nacional para imponer otra política y otro gobierno que la aplique, un gobierno popular, nacional y democrático, basado en todos los sectores explotados y oprimidos por la política pro terrateniente y pro imperialista del gobierno macrista, y los vendepatria que lo acompañan.

La realidad que estamos viviendo en nuestro siglo XXI muestra la vigencia del marxismo, mientras siguen estallando las cada vez más destructivas crisis cíclicas del sistema. No se trata, por supuesto, de una vigencia “congelada” al siglo XIX, sino actualizada con todos los aportes al mismo hechos por Lenin, Stalin y Mao Tsetung,al calor de las luchas revolucionarias del siglo XX. Es el marxismoleninismo-maoísmo, que a los 200 años del nacimiento de Marx tenemos que enriquecer teórica y prácticamente en las luchas del proletariado y de los pueblos y naciones oprimidas en todo el mundo, para acabar para siempre toda explotación y opresión, abriendo camino al socialismo, en tránsito ininterrumpido a la sociedad comunista que Marx ya vislumbrara en el Manifiesto del Partido Comunista y que fue su guía en todas sus obras posteriores, sacando fortaleza de la experiencia de la derrota de la Comuna de París de 1871, como la sacaría Mao Tsetung de la derrota del socialismo en la Unión Soviética en 1956, en la dialéctica de triunfos y derrotas de la historia en cada uno de nuestros países y a nivel mundial.

ANEXO: 

El estudio científico del capitalismo 

Después de haber llegado a la comprensión de que el régimen económico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se dedicó particularmente al estudio atento del sistema económico vigente. Su obra principal, El Capital, está consagrada al estudio del régimen económico de la sociedad actual, es decir, la capitalista. Como dice en su Prólogo a la primera edición: “Lo que he de investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambio a él correspondientes.

Marx subtituló su obra: “Crítica de la economía política”, que sugiere el propósito polémico que persigue con respecto a la economía política propiamente dicha, que él mismo bautizó “clásica” – obra de los científicos de la época de la revolución burguesa, desde William Petty a David Ricardo– , y también respecto de las posteriores versiones apologéticas del régimen burgués, que él llamó “economía vulgar”. 

Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra), Marx descubrió relaciones entre personas. El intercambio de mercancías expresa el vínculo que se establece a través del mercado entre los productores aislados. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, significa que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase de los capitalistas y también de la clase de los terratenientes. Establecida la teoría de la ganancia sobre su base racional: la teoría de la plusvalía, Marx elaboró la teoría de la renta del suelo, en las condiciones de la producción capitalista. Fue unificando los cabos sueltos que estaban presentes en las elaboraciones clásicas, al considerar conjuntamente la renta diferencial y la absoluta y acentuar esta última, que había quedado radicalmente excluida en la síntesis ricardiana. Es decir aquella renta del suelo que existe con independencia de las diferencias de rendimientos en que emprenden la producción diversos capitales individuales.

El tratamiento de esta forma de renta, basada en el monopolio del suelo, pone de manifiesto toda la exacción y limitación que supone para el desenvolvimiento de la producción social la clase terrateniente. Y esta carga, esta limitación, y esta base enorme de poder social, revisten importancia particular no sólo en relación con la gravitación de la producción agraria basada en la gran propiedad territorial, en el latifundio en general, sino también en relación con la gravitación que tiene en las exportaciones de un país cuyo aparato productivo no es completo, de un país que se inserta en el mercado mundial como país dependiente y está urgido, en consecuencia, por los requerimientos de las importaciones de las que depende su actividad interna por un lado y, por otro, por los requerimientos de los servicios de una deuda agobiante.

El capital es una relación social de producción basada en el trabajo asalariado. Esta relación es característica de la sociedad capitalista, pero no la única relación de producción que se da en esta sociedad. Si se confunde una cosa con la otra se entra en un dogmatismo consistente en limitar la visión de la realidad a las categorías desarrolladas por Marx en esta obra. Ya Marx advierte también en el Prólogo a la primera edición: “Nos atormenta no sólo el desarrollo de la producción capitalista, sino la falta de ese desarrollo. Además de las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, resultantes de que siguen vegetando modos de producción vetustos, meras supervivencias, con su cohorte de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No sólo padecemos a causa de los vivos, sino también de los muertos. ¡Los muertos se reencarnan en los vivos!”

Por estas y otras razones es conveniente estudiar los análisis de coyunturas histórico-políticas concretas contenidos en obras de Marx como Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1851, o El 18 Brumario de Luis Bonaparte, además del Manifiesto del Partido Comunista redactado por él en colaboración con Engels. En otros aspectos, también son importantes los trabajos de Engels como Las guerras campesinas en Alemania y El problema de la vivienda. Asimismo, y desde un punto de vista general, debemos remitirnos a los varios textos breves escritos por Engels, que permiten introducir al lector a la obra magna de Marx.

La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. En el capítulo I de El Capital se refiere al doble carácter del trabajo (trabajo concreto y trabajo abstracto) representado por la mercancía afirmando enfáticamente: “Nadie, hasta ahora, (…) había puesto de relieve críticamente este doble carácter (…) Y como este punto es el eje en torno al cual gira la comprensión de la economía política, hemos de detenernos a examinarlo con cierto cuidado”. El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. Al aplastar la pequeña producción, el capital lleva al aumento de la productividad del trabajo y a la creación de una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social –cientos de miles y millones de trabajadores ligados entre sí en un organismo económico sistémico–, mientras que un puñado de capitalistas se apropia del producto de este trabajo colectivo. Se intensifican la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, y se vuelve más insegura la vida de las masas de la población.

El movimiento contradictorio de la sociedad capitalista se le revela al burgués práctico, de la manera más contundente, durante las vicisitudes de los ciclos periódicos que recorre la producción capitalista en su conjunto, cuyo punto culminante son las crisis de superproducción general. Estas contradicciones se expresan, entonces, en el carácter cada vez más grave, más profundo de estas crisis recurrentes, por más que sean administradas en nuestra época por los estados de los monopolios, limando sus aristas más filosas al diluirlas en procesos de depresión cada vez más largos, y al descargar los estados imperialistas parte de su peso sobre las naciones oprimidas merced al control que ejercen sobre un mercado mundial oligopólico.

Como ya escribía Engels, en la etapa pre monopolista del capitalismo: “Mientras que la fuerza productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados avanza, en el mejor de los casos, conforme a una progresión aritmética... El anhelado período de prosperidad no termina de llegar; cada vez que nos parece vislumbrar sus signos precursores, éstos se desvanecen en el aire. Entretanto, cada nuevo invierno replantea la gran cuestión: ‘¿Qué hacer con los desocupados?’; pero mientras que el número de éstos va en aumento de año en año, no hay nadie que responda a la pregunta, y casi es posible calcular el momento en que los desocupados, perdiendo la paciencia, tomarán su destino en sus propias manos”.

 Esto de ninguna manera implica que las contradicciones económicas determinan por sí mismas las revoluciones sociales y menos que estas sean irreversibles. En la historia del capitalismo, el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad entró en contradicción con el carácter de las relaciones sociales vigentes al culminar la etapa de la “libre competencia” con la formación de los monopolios modernos. Pero así como no fue posible delinear en teoría como sería una revolución acaudillada por la clase obrera y un estado popular revolucionario dirigido por ella, antes que los obreros y el pueblo de París los hubieran realizado por primera vez en la Comuna de 1871, así tampoco Marx podría haber analizado la etapa de los monopolios, que estaba apenas iniciándose cuando él murió hace más de 130 años. Este paso teórico, que constituye el más importante desarrollo del marxismo posterior, fue dado por Lenin en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo.

Así tampoco podían delinearse en teoría, aunque Lenin advirtiera sobre ello, las contradicciones propias de la dictadura del proletariado antes de que la degeneración de ella en la Unión Soviética culminase en contrarrevolución y, de socialista que era, la Unión Soviética se viese transformada en una superpotencia imperialista. Tarea que recién podría encarar Mao Tsetung, a la luz de la experiencia de la Revolución en China y de lo sucedido en la Unión Soviética, desarrollando la teoría de la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado, ya que ésta de por sí no implicaba una situación de desaparición de la lucha de clases en vez de su agudización, como ocurre efectivamente. Pese a la tragedia de la restauración capitalista también en China, posterior a la muerte de Mao Tsetung, esta nueva derrota, como ocurrió con la Comuna de París en 1871, deja también importantes enseñanzas teóricas en el camino por resolver la tarea histórica del proletariado, de acabar con el Estado y lograr la nueva sociedad sin clases, el comunismo.

En esta nueva situación de la lucha de clases a nivel mundial, nada más ilustrativo de la vigencia que conserva la obra de Lenin sobre el imperialismo, que el comprobar cómo su texto describe acabadamente, aunque haya sido escrito hace ya más de cien años, el comportamiento actual del gran capital monopólico y del estado de los monopolios, principalmente en lo que hoy son las grandes potencias imperialistas (Estados Unidos, Rusia y China) que se disputan la hegemonía mundial en detrimento de los países dependientes e incluso de potencias imperialistas menores, subvirtiéndolo todo en su camino hacia una nueva guerra mundial, de cuya perspectiva también habló Mao Tsetung. Volviendo a la obra cumbre de Marx, que conmemoramos a 200 años de su nacimiento, su lectura y estudio –como de cualquiera otra obra del marxismo-leninismo-maoísmo–, no constituye en si mismo garantía de avanzar decisivamente en el conocimiento, si no está relacionada con la realidad de la lucha de clases concreta. Al mismo tiempo para los marxistas es imprescindible estudiar en cada época de la evolución del capitalismo “las condiciones generales del proceso social de producción” que en su criterio van de la mano del avance científico- técnico. El Capital es una síntesis de conocimientos que, como todos los descubrimientos de Marx y Engels y los de sus sucesores, tienen por base histórica las luchas revolucionarias de la clase obrera en las que ellos mismos fueron protagonistas, como comunistas, asumiendo el punto de vista de esa clase social portadora del proyecto histórico de la sociedad sin clases. A sus obras se recurre en busca de una síntesis teórica de la experiencia de la clase obrera, en busca de puntos de apoyo para resolver interrogantes que plantea la lucha de clases en concreto. Encarado de otro modo, queda disimulada la sustancia de El Capital, y se lo toma como lo que indudablemente no es: un tratado de economía política, independientemente de que se pondere su brillo.

La práctica sin la teoría es ciega. Pero la teoría nunca debe ser tomada como un dogma, por fuera de la práctica de la lucha de clases, sino como una guía para la acción en ella.


La Despedida 

Por último como el mejor homenaje de lo que significó el pensamiento de Carlos Marx en la historia de la humanidad y en particular para la clase obrera transcribimos las palabras de Federico Engels en el momento de despedirlo en el cementerio de Highgate de Londres, el 17 de marzo de 1883: El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sillón, pero para siempre.

Es de todo punto imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre. Harto pronto se dejará sentir el vacío que ha abierto la muerte de esta figura gigantesca.

Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas.

Dos descubrimientos como éstos debían bastar para una vida. Quien tenga la suerte de hacer tan sólo un descubrimiento así, ya puede considerarse feliz. Pero no hubo un sólo campo que Marx no sometiese a investigación -y éstos campos fueron muchos, y no se limitó a tocar de pasada ni uno sólo- incluyendo las matemáticas, en la que no hiciese descubrimientos originales. Tal era el hombre de ciencia. Pero esto no era, ni con mucho, la mitad del hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza  histórica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el desarrollo histórico en general. Por eso seguía al detalle la marcha de los descubrimientos realizados en el campo de la electricidad, hasta los de Marcel Deprez en los últimos tiempos.

Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos. Primera Gaceta del Rin, 1842;Vorwärts* de París, 1844; Gaceta Alemana de Bruselas, 1847; Nueva Gaceta del Rin, 1848-1849; New York Tribune, 1852 a 1861, a todo lo cual hay que añadir un montón de folletos de lucha, y el trabajo en las organizaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que, por último, nació como remate de todo, la gran Asociación Internacional de Trabajadores, que era, en verdad, una obra de la que su autor podía estar orgulloso, aunque no hubiera creado ninguna otra cosa.

Por eso, Marx era el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultra demócratas, competían a lanzar difamaciones contra él. Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía. Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde la minas de Siberia hasta California. Y puedo atreverme a decir que si pudo tener muchos adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra.


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