Ponencia JRE

  “Es preciso que se forme hombres que continúen después de mí la propaganda comunista”



Introducción.

Desde su origen, el pensamiento de Marx ha estado en el centro del debate, ya sea en manos de la clase obrera, adueñándose de él, desarrollándolo como instrumento en su lucha contra los explotadores; o, en boca de la burguesía, que siempre ha procurado ocultarlo, minimizarlo o negar su validez. A esta labor, y desde distintas direcciones, se sumaron los reformistas, revisionistas, socialdemócratas y toda suerte de renegados y traidores de la lucha revolucionaria de la clase obrera que buscaron desfigurarlo, desnaturalizarlo y “releerlo” con supuesta “creatividad”.


Tras la caída del muro de Berlín, la disolución de la URSS y la caída del denominado “socialismo real”, los explotadores y sus apologistas proclamaron el “fin de las ideologías”. Según ellos, el capitalismo era la única sociedad posible y lo que quedaba era perfeccionarla, el posmodernismo contaminó todas las esferas de la ciencia y la cultura. Pero, la realidad, una vez más, chocó con esos “cantos de sirena” y las crisis, los conflictos y las luchas de la juventud, los trabajadores y los pueblos contra sus efectos se desbordaron una y otra vez. El capitalismo-imperialismo, está lejos de ser el “paraíso prometido” y la necesidad de cambios sigue a la orden del día.

En todas partes, y, en distintos momentos, ya sea por instinto o por conciencia plena, la juventud y los trabajadores acogen postulados del marxismo como sus banderas de lucha y,  a despecho de los corifeos del capitalismo,  las ideas socialistas retoman fuerza inevitablemente. El “Manifiesto del Partido Comunista” inicia con la frase: “Un fantasma recorre Europa: Es el fantasma del comunismo…”[1] Es precisamente ese “fantasma”, al que Europa le quedó pequeña y que, desde hace más de un siglo, recorre ¡Todo el mundo!

Coincidencialmente, parecería que a los doscientos años del nacimiento del “padre del comunismo”, éste se ha puesto “de moda”: A partir de la crisis del 2008, sus obras –especialmente “El Capital”-  se venden como “pan caliente” en las librerías europeas[1]. No hay duda, aún después de su partida material, “Carlitos” Marx, sigue dotando de valiosas armas a la clase obrera y a la juventud, a quienes, siempre apreció en sobremanera. Como comenta Paúl Lafarge: “… (Marx) Abrigaba el temor de no poder terminar su obra y acogía siempre alegremente a los jóvenes, pues, decía: Es preciso que se forme hombres que continúen después de mí la propaganda comunista”[2].

Como era de esperarse, esta capacidad que tiene el marxismo de mantenerse “siempre joven”, tiene demasiado preocupados a los sectores dominantes, que, hoy –igual que ayer– buscan atacarlo de todas formas, ya sea levantando todo tipo de calumnias y especulaciones, pretendiendo endilgarle lo errores de reformistas y revisionistas. Ante este hecho, y, por ser su cumpleaños, queremos recoger algunas pinceladas de la vida y del pensamiento de Marx, esperando que su ejemplo siga alumbrando el camino de la juventud, los trabajadores y los pueblos que luchan por las verdaderas transformaciones que necesita la sociedad.



La vida ejemplar de Marx.

De Marx, probablemente, lo que más conocemos es su legado plasmado en su obra, nos aparecerá, quizás, como un “gran sabio de hace dos siglos”. Sin embargo -como todos- no nació ni barbón, ni viejo, ni sabio; fue, más bien, un niño inquieto, a quien sus amigos “amaban porque siempre tenía una nueva pasada en maquinación y temían a causa de su talento en la sátira”[1]; luego, fue un joven romántico, aventurero y algo imprudente; su pensamiento evolucionó del liberalismo, del idealismo, al materialismo dialéctico e histórico; toda su vida fue un hombre apasionado,  implacable con sus enemigos y profundamente sensible y cariñoso con sus seres queridos. Como diría su yerno: “Marx fue tan buen padre y tan buen esposo como buen amigo…”[2].

Pero, más allá de estas consideraciones personales, en Marx encontramos un hombre con una moral inquebrantable. Resistió las calumnias y los ataques de la burguesía y los contrabandistas de ideas en su época, a las inhumanas condiciones del destierro y a toda suerte de persecución política, hasta convertirse en “el padre del proletariado mundial”. Al respecto, Plejanov escribe: “…Al mismo tiempo que a su alrededor se concentraba el rencor de los explotadores, su nombre iba adquiriendo una notoriedad y un respeto cada día mayores ante los explotados. Y ahora, los proletarios conscientes de todos los países lo consideran su maestro…”[1].


Marx, el estudioso infatigable.

Lafarge menciona: “Marx no vino al comunismo por consideraciones sentimentales, por mucho que sentía profundamente los sufrimientos de las clases trabajadoras. Ingresó por el camino de la historia y de la economía política…”[1] Y en efecto, Marx consagró, desde muy joven, su vida a los estudios. Estudió jurisprudencia para no contrariar a sus padres, pero le apasionaba la historia, la filosofía y las matemáticas; también apreciaba infinitamente la poesía, las novelas clásicas y contemporáneas. Consideraba que “un idioma extranjero es un arma en la lucha por la existencia”[2], por ello aprendió a leer todas las lenguas europeas y escribía alemán, inglés, francés y ruso.

Marx fue un hombre sencillo, detestaba a quienes presumían de sus conocimientos, dejó claro que “La ciencia no debe ser un placer egoísta: los que tienen la fortuna de poder consagrarse a los estudios científicos deben ser los primeros en poner sus conocimientos al servicio de la humanidad”[1]. Pero, la comprensión de la teoría como un arma de liberación para la clase obrera, de la misma clase obrera como la llamada a trasformar la sociedad, en Marx, fue mucho más allá, como menciona el sindicalista Friedrich Lessner: “… (Marx) Tenía inmenso interés por la opinión de los más simples obreros, venía con frecuencia a mi casa por las tardes y me llevaba a pasear y a discutir toda clase de cuestiones…”[2].

Marx, a sus 24 años, confiesa: “…reconocí francamente que mis conocimientos de entonces no me permitían arriesgarme con un juicio propio cualquiera sobre el contenido de las orientaciones francesas".[1] El estudio, no como mero placer, sino como fruto de la necesidad de dar explicación a los fenómenos y orientar la lucha de la clase obrera, también se refleja en él, ya que “sabía darse cuenta a tiempo y con acierto de la insuficiencia de sus conocimientos sin avergonzarse en reconocerlo. Marx no se arriesgaba con un juicio propio cualquiera sobre una cuestión determinada si no se consideraba lo suficientemente preparado; pero inmediatamente se dedicaba a estudiarla en todos sus detalles.”[2]

Gasset y Ortiz, plantean: “Nosotros podemos aprender mucho del Marx de 19 años: su colosal capacidad de trabajo y ansia de saber, su interés por las más variadas ramas de las ciencias, su inclinación a analizar de un modo crítico los conocimientos adquiridos, el saber aplicar la autocrítica a sus propios trabajos. Marx no lee simplemente, sino que analiza lo que lee y lo sintetiza en un determinado sistema. No sólo reflexiona sobre lo leído, sino que, además, traslada al papel sus opiniones propias”, Y es que Marx, desde muy joven cultivó, para sí, un hábito de estudio que siguió perfeccionando toda su vida: "Todo el material lo tengo delante en forma de monografías, las cuales fueron escritas con grandes intervalos en diferentes períodos, no para su publicación, sino para adquirir yo mismo un concepto claro de las cuestiones a tratar"[1].

Con lo cual, además de destacar un método de estudio singular, se refleja otro hecho importante que es el esfuerzo que se debe hacer ya que “… para comprender tan profundamente como Marx la vida social, era necesaria no solamente una fuerza gigantesca de inteligencia, sino también un conocimiento extraordinario de todas las ramas de la ciencia y de la vida”. Y el conocimiento, no se lo adquiere por “arte de magia: "Me he acostumbrado a hacer extractos de todos los libros que leo (…) y he comenzado a estudiar por mí cuenta, es decir, sirviéndome únicamente de las gramáticas, el italiano y el inglés. En lo cual hasta ahora he adelantado muy poco”[1].

Marx, el organizador comprometido.

Marx fue un luchador  infatigable por la causa del comunismo, al respecto, V. I. Lenin, nos ilustra: “Después de explicar, ya en los años 1844-1845, uno de los defectos fundamentales del antiguo materialismo, que consiste en su incapacidad para comprender las condiciones de la actividad revolucionaria práctica y para apreciar su importancia, durante toda su vida, Marx dedicó constante atención, tanto a los trabajos teóricos, como a los problemas tácticos de la lucha de clases del proletariado…”[1] Sin embargo, la actividad de Marx no solo se limitó a la agitación o el análisis y formó parte de varias organizaciones a lo largo de su vida.

En la universidad se integró a los “hegelianos de izquierda”, que buscaban obtener ideas ateas de la filosofía de Hegel, finalmente se apartó de sus líderes. Tras ser perseguido por el gobierno prusiano se trasladó a París, donde conoció a Engels, y juntos tomaron parte activa en la vida de los grupos revolucionarios de la época. Al ser expulsado de Paris se estableció en Bruselas y en 1847 se integra a la “Liga de los Comunistas”; tras la revolución de febrero de 1848, fue perseguido, pasó por varios países. Desde 1864 se consagró por completo a la construcción de la I Internacional, la “Asociación Internacional de Trabajadores”, desde donde se libró una tenaz batalla para unificar ideológica y orgánicamente a la clase obrera a nivel mundial, pero, sobre todo, luchando contra las ideologías no proletarias, presentes en el movimiento obrero.[1]

Marx, el agitador de conciencias.

Marx decía: “Es cierto que el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse con el poder material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas”[1]. Comprendía que la economía determina el desarrollo de todos los demás aspectos sociales, pero, también, sabía del poder transformador de las ideas y abogó para que las organizaciones revolucionarias desplegaran una ofensiva ideológica permanente entre las masas trabajadoras y él mismo participó en todos los medios de difusión que pudo. He aquí algunas de sus principales publicaciones entre su profusa obra –que, para muchos, quedó inconclusa- :

Participó, cuando apenas tenía 18 años, como colaborador y redactor en jefe, en el periódico alemán “La Gaceta Renana” (1842-1843); en Paris editó “Anales franco-alemanes” (1843-1847),; escribió “La Sagrada familia” (1844) contra la escuela idealista alemana; en Bruselas, escribió “ La Miseria de la Filosofía; junto a Engels – a sus 25 años-, escribió “El Manifiesto del Partido Comunista” (1848); tras la Comuna de Paris, en Colonia editó “La Nueva Gaceta Renana” (1848-1849); tras el golpe de estado en Alemania, escribió “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”(1852);  tras largos estudios en Londres, publicó “La Crítica de la Economía Política” (1853); en Hamburgo publicó “El Capital” (1867); Además, por pedido de los dirigentes de la “I Internacional”, redactó el Manifiesto inaugural y sus Estatutos.[1]

La vigencia de su pensamiento

Hace 200 años, la humanidad vio nacer a uno de los pensadores más brillantes de la historia, quien fue capaz de personificar una serie de virtudes que, hasta nuestros días, deben ser recogidas y emuladas por las nuevas generaciones de hombres y mujeres revolucionarios y de izquierda, que supo darle un valor a la teoría como fuerza transformadora de la realidad, que trabajó incansablemente por organizar a las clase obrera y demás clases oprimidas para concretar esa transformación. Por su contenido, sus ideas fueron perseguidas por los sectores dominantes, quienes buscaron detener la rueda de la historia, aún después de su muerte, hubo quienes –hasta la actualidad- levantan calumnias, desfiguran y desnaturalizan sus tesis. Pero, existen, también quienes, han sabido asumirlas para sí, adaptarlas a su realidad y convertirlas en armas para, sobre las cenizas del viejo régimen capitalista, edificar la sociedad de los trabajadores, el socialismo y el comunismo.

El pensamiento revolucionario de Marx ha influido en todas las importantes transformaciones de la época: las grandes revoluciones, los movimientos de liberación nacional, las históricas luchas obreras y los avances en materia de derechos humanos. El marxismo ha estado presente en los movimientos contra las guerras imperialistas, en las luchas del movimiento estudiantil, en quienes defienden el medio ambiente, los derechos de género, el arte y la cultura; ha inspirado a grandes artistas y hombres de ciencia que transformaron la sociedad, para siempre. Pese a ello, hay gente –y no poca- que busca lanzar lodo en su contra, desde las más diversas posiciones que, sin embargo, confluyen, todas, en el afán de sostener el statu quo o hacerle pequeños cambios “de apariencia”.

Marx, a decir de Enver Hoxha: “…Formuló la teoría científica sobre las clases y la lucha de clases, y determinó los rumbos de la lucha del proletariado para derrocar a la burguesía, destruir el sistema capitalista, implantar la dictadura del proletariado y edificar la sociedad socialista”[1] y, precisamente, sobre estos y otros aspectos fundamentales, defendemos el marxismo, no como un sueño bienintencionado, ni como un postulado “bueno” pero “caduco”, sino, como la ciencia, la guía en la lucha contra la explotación.   

Marx tuvo la virtud de recoger lo más avanzado del pensamiento de su época (la filosofía alemana, la economía inglesa y el socialismo francés) y, tras someterlo a severa crítica y extraer de este, su esencia revolucionaria, ponerlo al servicio de la transformación social, de la clase más avanzada que es la llamada a construir la sociedad del futuro. Para los marxistas-leninistas, el marxismo es una ciencia viva, no un dogma, ni algo acabado. Probablemente, haya muchos aspectos de su teoría que, fruto de la propia dialéctica de la sociedad, son reemplazado por otros nuevos, como ya lo hizo Lenin y los revolucionarios de su época, como lo han hecho quienes continúan con su legado y su cometido, pero, indudablemente, lo fundamental de su pensamiento (el cual es imposible de recuperar en un simple ensayo), sigue siendo joven y seguirá teniendo vigencia. 

Hoy, igual que ayer, el mundo entero es escenario de una lucha de clases que se expresa en distintos niveles y en diferentes escenarios; la revolución social sigue siendo el medio para transformar radicalmente una sociedad, para reemplazarla por un régimen más avanzado; todavía, el capitalismo, por más tecnificado que sea, explota a millones de trabajadores en sus fábricas; las crisis cíclicas siguen arrojando a millones a la miseria y enriqueciendo a un puñado de explotadores; los trabajadores, como vanguardia  de las demás clases oprimidas, continúa luchando contra el capital y, a su alrededor, se alzan los campesinos, la juventud, las mujeres y millones de seres humanos que resisten, que pelean y le arrancan, a la fuerza, derechos al poder establecido. La revolución social del proletariado, el socialismo, la dictadura del proletariado, el comunismo, siguen siendo el destino inexorable de la humanidad, las luchas que se desenvuelven a lo largo del mundo ratifican la necesidad del llamado que, hace dos siglos, lanzarían los fundadores del materialismo dialéctico e histórico: ¡Proletarios de todos los países, uníos!

Sin lugar a dudas, a los doscientos años de su nacimiento… ¡Marx, vive!

JUVENTUD REVOLUCIONARIA DEL ECUADOR



Comentarios

Entradas populares